Di-vagar por todos lados

Vagar por los lados del propósito, del despropósito o de ambos, que entre encuentros y desencuentros el potencial creativo puede resultar tremendamente interesante. Un análisis, un recorrido y una exploración a través de un concepto ambivalente, que puede hacernos encontrar mucho más de lo que buscamos.

Experiencias sin propósito al encuentro de lo que no se busca

Divagar es experimentar, un modo de relación, pero también un modo de interrogación entre percepción y reflexión. Una invitación a vagar doblemente y hacia todos lados. Un estado de distancia, aunque también de conexión si se hace de manera consciente. Este estado de vagancia puede ser un portal hacia ideas que se buscan, pero también hacia lo que no se busca, y es aquí donde puede surgir todo. 

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Muchas veces hago el ejercicio de escribir palabras sin sentido con algún propósito desconocido. Lo sé, hay cosas que no cuadran. Tampoco esperaría un sentido, pero hay veces que esos propósitos se vuelven razonables y surge medianamente alguna opción interesante. Pero las cosas que atraen son las que menos cuadran, y cuando esos propósitos abandonan la razón, surge el potencial y resulta doblemente interesante.

Hay cierto atractivo en esto de despegarse del sentido. 

Con esto de escribir palabras sin sentido, resulta que lo mejor surge en las situaciones que dicta el momento. Aunque con una cuota de perspectiva de tiempo. Lo sé, hay cosas que se revisan. Pero las cosas que atraen son las que menos encajan, y es aquí cuando se produce el descubrimiento, y cuando el sinsentido se apropia del momento con efectos de tiempo, surge aún más el potencial y resulta triplemente interesante.

Hay cierto atractivo en esto de divagar. 

Pero, ¿en qué consiste esto? Divagar viene del latin Divagare, que significa “vagar por todos lados”. Entonces es valedero vagar por los lados del sentido, del propósito, de las palabras que comunican, pero también por los lados del sinsentido, del despropósito y de las palabras que buscan manifestarse de otra manera, o tal vez no, los lados de la ambivalencia también forman parte, y entre sentido y sinsentido, el vagar por todos estos lados resulta repetidamente interesante.  

La divagación conforma la vida, mucho más de lo que se cree y los expertos enfatizan que esta capacidad de divagación parece ser el modo operativo por defecto de nuestro cerebro. Esto se corrobora en lo cotidiano, en aquellos momentos simples y en las mismas relaciones, pero también se aprecia en las épocas, en los temperamentos de cada siglo y en definitiva, a lo largo de toda la historia de la civilización. Divagar es el modo de relación por excelencia, aquel estado que desconecta y que abunda, tanto como el mismo desconocimiento de que abunda.

Divagar es un modo inconsciente que transforma todo y hoy es el dictamen. Podrán venir otras épocas, incluso, y nada modificará el modo si no se toma plena conciencia. Viajar en modo divagación puede ser arriesgado, un viaje sin retorno si se descuida, sobre todo en estos tiempos de fáciles estímulos y desatención. Nuestra mente en su estado natural sigue su curso y dejarla libre en descuido, puede ser objeto fácil de estados de inmovilidad y procrastinación.

Pero, ¿divagar de modo consciente? Cuando el vagar por todos lados procede de una elección racional y voluntaria, ¿cuánto potencial puede rendir?   

Divagar de modo consciente puede ser una excelente oportunidad para abrir paso a la creatividad. Invitar a la mente a divagar puede abrir un portal hacia a nuevas ideas y experiencias, cruzar el límite entre lo conocido y lo desconocido, encontrar lo que no se busca, tal como se sugiere, “vagar por todos lados”, una invitación directa a recorrer lugares distintos que no están al alcance y que pueden transformarse en grandes momentos de búsqueda de inspiración y genialidad.  

Muchas han sido las propuestas de este tipo de divagación. Visiones de mundo que han tenido por objetivo explorar la naturaleza humana y seguir sus órdenes, el descubrir por descubrir y aventurarse en otros caminos, separarse de la realidad con un afán de búsqueda de sentido o del sinsentido, o de ambas, y en el trayecto encontrar en lo desconocido un nuevo significado. Algunas desde un lado artístico; plástico o literario; otras desde un lado experimental e irreverente y otras que aparecen como simples reacciones y se transforman en vías de escape hacia otros estados de ánimo. 

Hay cierto atractivo en esto de divagar de modo consciente.

Esto de escribir palabras sin sentido no es nuevo. Ir al encuentro de experiencias sin propósito y coincidir con lo que no se busca ha sido recurrente. Lo sé, hay cosas que se repiten. Pero las cosas que atraen son las que menos se conocen, y cuando existe una cantidad no despreciable de referencias, explota el potencial y resulta poderosamente interesante.

Hay cierto atractivo en esto de referenciar y se puede constatar en algunos breves conceptos.

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Paseos peripatéticos, Flâneur y vagar por
la Deriva

Lo primero que se me viene a la mente cuando pensamos en divagar, es referenciar la palabra misma. Desarmar el todo, dar un sentido particular a cada sílaba y sorprenderse con el significado. La sorpresa pura. Di, como “dos veces”, y Vagar, como “deambular”, invita a aventurar. Entonces, el transitar desde un punto a otro, se convierte en el mejor concepto para significar la manera de ir libremente y ejercer la marcha en una especie de desafección. 

Caminar es una manera muy antigua de divagar. Caminamos siempre, qué duda cabe, sin tanto análisis, de manera natural y por necesidad. Pero también caminamos de manera inconsciente, como respuesta de elucubración, del sinsentido y según el momento de evasión que acontezca. 

Pero este ejercicio de evasión, cuando se realiza con el uso de todos nuestros sentidos y facultades, puede resultar sumamente fructífero. Trazar recorridos para separarse de la realidad, es una buena excusa para redescubrir y recrear. Surgen otros contextos para vivir y otros momentos para sentir y pensar. 

Ya en la Antigua Grecia los seguidores de Aristóteles comienzan a darnos claros ejemplos. Caminar para escuchar al filósofo y dar vueltas alrededor para buscar respuestas llegó a establecerse como escuela, un conocido grupo que tenía como fin reflexionar sobre la vida. Este círculo filosófico denominado Peripatéticos, proviene del griego peripatêín que significa “dar vueltas”. Un buen referente si el objetivo es adentrarse en búsquedas que vayan más allá de lo conocido, la lógica y la metafísica.   

Entrados al siglo XIX, cobra identidad un concepto similar adoptado por el poeta francés Charles Baudelaire, bajo el nombre de Flâneur, palabra que significa “paseante” o “callejero”. Este concepto luego se populariza y adopta significados para quien vagabundea por las calles de la ciudad sin un rumbo fijo. Un salir a la vida encontrando encanto en el trayecto y en el caminar solo por caminar, sin juicios ni prejuicios, quitando importancia y con una actitud de libertad que enaltece lo ligero y efímero.

Tiempo después, en el siglo XX, Guy Debord, filósofo francés, establece algo parecido por medio del concepto Dérive, “Deriva”, que del mismo modo, relaciona el acto de caminar como un momento carente de objetivos específicos. El caminar por caminar sin rumbo fijo, principalmente por la ciudad, sin dirección y buscando sentidos en las nuevas percepciones que sugieren otras nuevas maneras de ver y experimentar. 

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Automatismos, surrealismos y la búsqueda del inconsciente

Hay en el caminar una búsqueda de desatención. Un propósito de razón que se engaña con distracción; y es porque la mente ansía liberarse, no atender nada con lo que tenga ver con lo voluntario de la persona y suprimir todo lazo de unión con la realidad. El inconsciente, en su máxima expresión.

Es también lo primero que se me viene a la mente cuando pensamos en divagar —bueno, lo segundo—, la liberación de la misma, por tanto, no habría ni que pensarla. Basta un simple acto de libertad para definir el concepto. Un dejo irracional que invita a la mente a dejarla brotar de manera natural. 

Divagar puede ser la máxima del inconsciente, un tema fascinante para ahondar. Separarse del asunto, puede tomar ribetes de interés si el objetivo es el despojo de la realidad consciente. Es lo que intenta buscar el automatismo, suprimir el control total de la consciencia sobre cualquier proceso, ya sea creativo o no. Por ejemplo, escribir sin propósito determinado, dibujar inconscientemente en momentos de aburrimiento, ejecutar sonidos incoherentes, seguir ritmos de manera instantánea, buscar las formas en los objetos, jugar con las manos, en fin. Cantidad de cosas que no tienen mayor atención en el día a día y que se hacen de forma inconsciente.   

Este automatismo fue el que despertó la curiosidad a comienzos del siglo XX en Sigmund Freud, médico austriaco y padre del psicoanálisis, cuyos estudios de muchos de estos procesos, se alimentan hasta hoy gracias a sus teorías. 

Gracias a las teorías de Freud, aparecen nuevas ideas que plantean este automatismo y la curiosidad por explorar el inconsciente. Uno de los primeros movimientos fue el Surrealismo, un cambio de perspectiva que intenta explorar lo que está por encima de la realidad. Una búsqueda impulsada por el cambio de siglo, los ánimos de descubrimientos y la enorme curiosidad por la parte más desconocida, irracional y brutal del ser humano. Hasta ese entonces, el inconsciente no era tema de dominio, y como tal, no bastaba solo con reconocerlo, sino que había que conquistarlo. De esta manera, se buscan métodos y respuestas para despertar al inconsciente, y toda señal, signo o símbolo, era válido.

André Breton, teórico francés y figura principal del movimiento, expresa en sus ideas que mediante el automatismo es lo más cerca que se puede estar del inconsciente, trazando ideas o formas sin sentidos usando solo el instinto como base sin participación alguna de los procesos voluntarios.  

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Arte y antiarte,
reacción mutua

Bajo este aspecto de recorrido que significa la liberación del inconsciente, debemos considerar el arte como una manifestación de todo este proceso que integra además, sus propios recorridos y lenguajes. Si lo ponemos en contexto cabe recordar a Paul Klee, pintor suizo-alemán, y su método de “sacar a pasear un línea” para evidenciar el ánimo de recorrido para conseguir la obra artística. 

Sería aventurero plantear que la historia del arte es la historia de la divagación; en este aspecto, porque es un constante ir y volver, una acción y una reacción con sus respectivas causas y efectos, por lo que toma bastante lógica plantearla como un recorrido constante.

Una historia cuyo trayecto va de un lugar a otro, un ir y volver que dice y luego se contradice. Un trayecto con propuestas y visiones que, entre diálogos y recorridos, toma fuerza y luego se desencanta. Surgen ideas y manifiestos, al mismo paso que surgen contestaciones y delirios que se van rebatiendo con el paso del tiempo, y así continua y persistentemente. La historia del arte también es la historia de la reacción, de los estados anímicos, de la pugna de los sentidos. —Cabe reflexionar que también es la historia de la humanidad—.

El arte es un llamado, un estímulo, un aliciente a divagar. Este acto de rebelión, por medio del arte en general, la literatura, la música o cualquier expresión que contemple la liberación de algo, es la manifestación de un espíritu inquieto que es impulsada por la necesidad inherente de exploración; y esto explica porque el inconsciente, la mente y todos los sentidos en general, sean tan fieles al deseo de divagar.

Esto lo podemos ejemplificar en los recorridos que ha hecho el inconsciente en vanguardias artísticas, tales como el Surrealismo, el Expresionismo abstracto, el Art Brut, el Informalismo. En corrientes artísticas que buscan cierto orden por medio de una razón líder y con objetivos de dotar con mayor realidad la experiencia humana, como las corrientes más clásicas, como el Renacimiento, el Realismo o corrientes más abstractas que buscan un lenguaje propio, como el Neoplasticismo, el Arte cinético o el mismo ejemplo de la escuela de la Bauhaus. Y finalmente ejemplificar en estilos menos racionales que buscan que la percepción de los sentidos sean quienes capten la verdadera esencia de la realidad, como el Fauvismo, el Romanticismo o el Simbolismo.  

Si analizamos, desde distintas índoles expresivas, códigos y lenguajes, todas estas manifestaciones artísticas comparten un mismo afán de recorrido. Es la liberación que se expresa, un anhelo de propósito necesario y desconocido en el deambular, mientras el inconsciente, la razón y los sentidos lo permitan. 

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Romanticismo,
nada que entender,
mucho que sentir

Siguiendo los ejemplos anteriores, un caso de estudio que mejor revela el ánimo de divagación es el que se experimenta en el periodo del Romanticismo en la Europa del siglo XIX. Si retrocedemos, cuando la búsqueda del inconsciente no se transformaba aún en planteamiento, si lo hacía la búsqueda de algo más profundo e inmediato como las emociones humanas, un terreno nada explorado hasta entonces. 

Como forma de reacción ante un periodo cargado de racionalidad provenientes de la Ilustración y de una Revolución Francesa que encumbra a la razón como diosa, las ansias y deseos de experimentación de una realidad de un modo más natural e intenso, se transforman en los paradigmas de una época que busca reinventarse.

Este momento sirve de inspiración a todas las expresiones culturales, artísticas y de pensamiento del momento; pintura, literatura, música o filosofía. El divagar es requisito, un viaje con obligaciones casi morales para llegar a otro tipo de experiencias y un dictamen que libera la razón ante un mundo lleno de reglas y estereotipos. El desapego a la realidad, tal como se le conoce, reclama atención y se produce un auge en todo lo que tenga que ver con el movimiento de las emociones; un periodo de efervescencia que las vuelve a situar en el lugar que les corresponde.

Un elemento característico de este periodo de desapego, es el fuerte sentimiento de individualidad, marcado por una práctica que nace desde un individuo que siente y reacciona en contra de una emoción universal. En este aspecto el viaje se transforma en un acto personal, tal como lo siente Caspar David Friedrich, pintor alemán, que impulsa una expedición constante hacia lo que no está explorado, como la naturaleza humana y física. Aquí el artista se traslada hacia su interior más íntimo, a su existencia y a sus cuestionamientos ante el mundo, pero buscando respuestas en el misterio de la noche, lo inaccesible de la montaña, la inmensidad del mar o la tormenta. No es extraño así, ver al ser humano de espalda, frágil y empequeñecido frente a los eventos de la naturaleza. Todo esto se transforma en un destino que conlleva desarraigo y divagación como actitud principal.

Este intenso itinerario, se resume en un concepto de descubrimieno y conquista. Desear con tal intensidad y explorar otros caminos para alcanzar la emoción, es lo que podemos apreciar en Ludwig van Beethoven, el reconocido músico alemán, mediante el recorrido que estableció entre su período clásico hasta el más romántico. Beethoven, al igual que Friedrich, establece su predominio sin intermediarios y recalca un expreso culto a la exaltación emotiva del ser humano. A partir de aquí la música deja de parecer establecida por cánones e inicia su propia ruta hacia lugares de mayor libertad y expresión.

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Verdades absolutas, simbolismos más allá
de la realidad

Otro concepto que reacciona ante una visión realista de la vida, es el Simbolismo, una corriente de finales del siglo XIX que al igual que el Romanticismo, sirve como medio de liberación ante el extremo racionalismo que se experimenta en una sociedad cargada de realidad. 

Este movimiento artístico que se origina en Francia principalmente en la literatura, afectó también a la pintura y alentó a “vestir las ideas de una forma sensible”, tal como lo expuso Jean Moréas, poeta griego, en su Manifiesto del Simbolismo en el año 1886. 

En este aspecto, “vestir las ideas” resume la intencionalidad de otorgar mayor relevancia a la razón por delante de la emocionalidad, una sensibilidad al servicio de las ideas; lo contrario a la vertiente romántica. De hecho, el Simbolismo puede ser considerado como el lado oscuro del Romanticismo. En esta corriente, los artistas insatisfechos entienden el mundo como un misterio y el arte como un sueño, y así se explora hacia nuevos valores en lo ideal y simbólico. 

En este sentido más idealista, los simbolistas apuntan a capturar las verdades más absolutas, las cuales solo pueden ser obtenidas por métodos indirectos y ambiguos. Esto se ve reflejado en toda la prosa de los Poetas Malditos, catalogados así por desarrollar una arte libre y provocativo, casi siempre incomprendido por sus contemporáneos. Un exponente de este nuevo ideal es Stéphane Mallarmé, poeta francés, quien asevera que el verso no debe componerse de palabras, sino de intenciones, y apunta a que todas las palabras deben borrarse ante la sensación. Esta intencionalidad, cargada de emotividad, también refleja el lugar de importancia que ocupa el componente simbólico en la manera de comprender una realidad. Una lectura casi hermética que reafirma una exploración a un mundo cargados de nuevas ideas. 

Este mismo hermetismo es el que encontramos en Arthur Rimbaud, poeta francés, el cual llama a buscar la alquimia del verbo por medio del desarreglo de todos los sentidos. Un estilo no supeditado a pragmatismos que descubre en el traslado hacia otras realidades, un sentido y un significado.

En el área de la pintura, varios exponentes se inspiran en esta misma temática, todas además impulsados por los misterios que producía el cambio de siglo. Odilon Redon, pintor francés, uno de los exponentes que mayor carga simbólica aportó a la realidad mediante su controvertida imaginación, explora hacia universos oníricos y mitológicos, al igual que los Nabis, grupo de artistas franceses, que se interesan por temas exóticos y orientales, y en cuyas búsquedas deforman la realidad objetiva explorando en visiones más místicas y espirituales.

La búsqueda de “la idea” como principal propósito, pero entendida como una verdad alcanzable mediante una resignificación, es lo que podemos entender como divagar. En este sentido, como hemos visto en poetas y artistas, buscar símbolos se convierte en una buena manera de explorar otros territorios que parecen ocultos e inaccesibles, tan lejanos y complejos, que requieren un método para esclarecer una realidad tan difusa.

Es cuando se accede al símbolo, un resumen de todo lo inentendible en un concepto. Una idea como síntesis tranquilizadora que aporta calma y tranquilidad ante sucesos complejos que no se explican con la facilidad de un raciocinio limitado. Liberar este peso mediante una idea simbólica, puede ser un viaje seguro porque nace de una razón inquieta, pero no sabemos las consecuencias. Como todo viaje, puede ser solo de ida, pero la mayoría retorna y lo hace convertida en verdad. Una convicción que seguirá siendo compleja debido a su origen.  

El simbolismo es parte de la historia y caer en él ha sido la postura recurrente, las religiones, los ídolos, la moral, son los ejemplos más cercanos; y no sería absurdo plantear que vivimos en un simbolismo constante. Una divagación constante. 

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(Continuará).