Respeto, tus espárragos

Considerar a un otro es cuando hablamos de respeto, pero siempre resulta problemático, porque siempre el otro, será un otro

Hoy suenan discusiones de todo tipo, el malestar está presente, las demandas brotan, las malas interpretaciones abundan y el panorama se descompone. En medio de palabras y frases que circulan de manera visceral y repetitiva la sociedad se enfrenta, se divide y cada vez más la gente se aleja a un extremo de comodidad e intransigencia. ¿Y en este acto decisivo, quién piensa en el otro?, ¿pero en el otro de verdad? 

Considerar a un otro es cuando hablamos de respeto, pero siempre resulta problemático, porque siempre el otro, será un otro. Nos enfrentamos a una nueva visión del mundo, surge una distinta manera de ser, de pensar y de entender una misma realidad. Es también cuando conectamos con ideas similares, pero también cuando desestimamos matices que parecen incómodos, y es aquí donde comienza el problema. Cuando esa persona va perdiendo distancia con nuestros intereses, va perdiendo también distancia el respeto y el mayor problema surge cuando aparece el rival. Así la lógica solo se reduce a diferenciarse lo más posible, definirse como lo que no soy y anular toda cualidad de persona en el otro. En resumen, una pérdida absoluta de respeto.

En la actualidad vemos exigencias de todo tipo enfrentadas que pierden su capacidad de agrupación hacia una visión integral y común de respeto, más bien se escudan en exigencias sesgadas que no ofrecen nada a cambio, una solidaridad como fachada poco recíproca y que funda un solo sentimiento, confuso y primario. ¿Pero y qué pasa con los otros? 

Al igual que la capacidad de valorar y escuchar, respetar requiere de una participación democrática y exige esfuerzo. No viene por defecto en cada uno, es un trabajo personal que debe ser consciente, si queremos que la civilización no fracase.