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Razón y Sentidos

La eterna paradoja de
una civilización pasajera

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Somos Razón, somos Sentidos. La premisa de este proyecto ante una eterna lucha tan antigua como mis expectativas, pero veamos, qué sabemos de esto. Somos seres pensantes, pero también seres que sienten, una constante oposición entre el cuerpo y el alma, las cosas y el espíritu, entre pensamiento y sensación. Al parecer el mundo y todo lo que lo conforma, se divide en dos. Qué novedad. 

A muy grandes rasgos, está la gente que piensa y la gente que siente (luego de este alcance tan elaborado podemos concluir este informe). Nada más alejado de la realidad. Sabemos que las descripciones mediante simplismos no funcionan, pero aunque pretendamos esclarecer mejor el contexto, no debemos obviar que la historia de la humanidad siempre se ha debatido entre dos esferas. Paradojas, qué novedad.

Podemos establecer mejor estas diferencias, aún a grandes rasgos, entre la gente que prioriza el pensamiento y la gente que prioriza las emociones. Separaciones que se logran casi al instante para quienes buscan reconocimiento, pues nadie en un principio aceptará sentirse identificado con las segundas, es casi inevitable querer pertenecer al bando de quienes razonan o que mantienen cierta distancia, al menos, con las emociones. Esta especie de superioridad que se alza con razones justificadas mediante hechos, frente a sensibilidades mayores o esta oposición constante de argumentos concretos que se paralizan ante la falta de un relato capaz de conectar con la esencia humana, sigue estando tan presente en la actualidad como en los tiempos de Sócrates. 

Razón y Sentidos una eterna discusión

Esta eterna discusión entre objeto y sujeto, razón y sentimiento, racionalidad e imaginación, conlleva cuestionamientos que no han sido estériles en ningún caso. La búsqueda de acuerdos para conciliar ambas partes en un pensamiento común tiene representantes, pero ciertamente el debate se mantiene en esferas de incomprensión que requieren un mayor esfuerzo; y por más que se acepte la coexistencia entre una y otra, siempre prevalecerán las tendencias. Nada fácil en estos tiempos de inclinaciones fáciles. ¿Será que las tendencias lideran las tendencias?

Hoy estamos en una fase distinta. No podemos asegurar que exista un propósito de búsqueda de conciliación ni menos de cuestionamiento entre Razón y Sentidos. El equilibrio como objetivo ha dejado de ser un tema trascendental, a no ser que siga ciertos patrones de modas culturales que inviten a ser parte de nuevas tendencias. Además, cuando gran parte de la realidad contemporánea está inserta en una cultura visual y digital que fomenta las emociones como valor de cambio, los cuestionamientos surgen. Pero eso será otro tema. Mientras tanto se intentará encontrar caminos que sirvan de referencias para esta conciliación opositora. Comencemos.

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Los orígenes de la búsqueda y el nacimiento de los simbolismos

En los orígenes de las sociedades primitivas no podemos asegurar que la Razón estuviera por delante de los Sentidos. Un primer acercamiento a este planteamiento deriva de la necesidad de la persona de adaptarse al medio en que habita. Debido a su indefensión, lo primero que tiene a su alcance son sus Sentidos, por lo que sus estímulos de supervivencia van creando nuevos mundos que resulten más protectores y accesibles.

La primera manera de crear estos mundos de protección es a través de la imagen. Según Regis Debray, filósofo francés, en su libro Vida y muerte de la imagen, el nacimiento de la imagen está unido desde al principio a la muerte que surge desde la tumba como rechazo hacia la nada para prolongar la vida (1994). El individuo primitivo expuesto a la muerte y sin explicación aparente comienza a hacer uso de su imaginación y produce sus primeras “obras artísticas” como necesidad de defenderse de lo desconocido.

Así nace la mirada mágica y simbólica, fruto de la perplejidad para alcanzar un escenario menos temible. Esta representación de la realidad que sustituye a la realidad, sería una especie de antídoto contra la debilidad y la incertidumbre. Pero no sería todo.

Con el pasar del tiempo, esta representación se va complejizando y esta mirada sagrada y mágica evoluciona hacia una visión más elaborada que lleva al hombre a mirar lo bello y así de a poco, nace la mirada estética.

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La sospecha de los Sentidos en la Grecia Antigua

Con el nacimiento de la concepción estética y el perfeccionamiento de la captura de la realidad a través de los Sentidos, también va naciendo la parte racional. Aquí nacen los cuestionamientos acerca de la vida y la filosofía evolucionará de tal forma en Grecia que pronto será el germen de todo el pensamiento occidental.

El predominio de la Razón por sobre los Sentidos llega a tener una gran relevancia, tal como lo expresa Rudolf Arnheim, teórico alemán, en su obra El pensamiento visual, quien detalla que a partir de ahora los Sentidos se irán relegando y culpa a las corrientes racionalistas e idealistas de menoscabar su importancia. El primero de todos en comenzar este descrédito fue Platón, quien miraba las prácticas creativas de manera inferior. Afirma que hay que tratar al arte con precaución, porque puede intensificar la dependencia con una existencia ilusoria. Así el arte, como disciplina carece de verdad porque se basa en la percepción y los Sentidos no incluyen al pensamiento.

Los griegos desconfiaban de los Sentidos y nunca olvidaron que la Razón directa es la fuente primera y última de la sabiduría (Arnheim, 1969). Esta desconfianza también se manifiesta en Parménides, quien expresa que “La experiencia sensorial es engañosa, la Razón tiene que corregir los Sentidos”.

En cambio Aristóteles tendrá una visión distinta, pues le entrega a la experiencia una importancia trascendente. Es quien sentencia que “El alma jamás piensa sin una imagen”. De esta manera, no desecha la Razón, pero no desconfía de los Sentidos, aportando que para alcanzar el conocimiento, lo más importante es la materia. Se le atribuye la necesidad de investigación empírica como piedra angular del conocimiento, la experiencia como motor del conocimiento que luego es procesada por la Razón. Esto se plasma en la creación del concepto de Inducción, cuyo proceso se basa en el conocimiento obtenido a partir de la recopilación de datos individuales para llegar a una conclusión general.

Del pensamiento de Aristóteles se rescata la búsqueda de conciliación entre opuestos, teniendo como objetivo final encontrar el término medio según sostiene en su teoría de las virtudes. Hay que inclinarse unas veces al exceso y otras al defecto. 

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La negación del mundo sensible durante la Edad Media

Gran parte del pensamiento de Aristóteles estuvo oculto y desterrado en los grandes monasterios y olvidos durante la Edad Media. Aquí Platón toma el liderazgo. Gracias a su concepción sobre la inferioridad de los Sentidos niega todo valor al mundo sensible y ve en el mundo inteligible, el de la Razón, el único portavoz de la verdad.

Este periodo dominado por el concepto universal de Dios como idea principal de única verdad, encuentra en el pensamiento de Platón justificaciones perfectas para la transmisión del mensaje teocrático, una mirada universal, perfecta e inmutable, pero de control. Un camino en donde el cuerpo, los estímulos fáciles y nada que esté dominado por los Sentidos es signo de aprobación, pues se aventura al desencuentro con el creador y arriesga los sufrimientos eternos que dicta. 

Por lo tanto, toda actividad relacionada con el arte proveniente de los Sentidos, estaba reservada exclusivamente para Dios, quien era el único creador. Al ser humano solo se le permite fabricar. Lo imaginario se excluye de la vida y la Razón como idea de perfección teocrática era lo único válido. 

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El Siglo de la Razón

Con el Renacimiento y el Humanismo, y posteriormente a su aparición surge el despertar del pensamiento occidental. El siglo XVII llamado Siglo de la Razón da cuenta del momento de importancia en las nuevas visiones del mundo. El pensamiento alcanza niveles de desarrollo y se comienza a establecer mayores esclarecimientos acerca de sus diferentes perspectivas. 

Dejando atrás la concepción teocentrista, a partir de 1637 con la publicación del Discurso del Método de René Descartes, filósofo francés, considerado el padre de la filosofía moderna, se reemplaza la idea de Dios como verdad y el hombre, en tanto sujeto, subyace a todo lo que existe. Aquí nace el pensamiento moderno y el célebre Cogito ergo sum, “Pienso, luego existo”. A partir de aquí se establece mayor conciencia sobre la dualidad Razón-Sentidos y será el debate que definirá el pensamiento de los próximos siglos. Una discusión que se mantiene hasta el día de hoy.

La Razón y los Sentidos como protagonistas se plasman en las primeras corrientes de pensamiento, Racionalismo y Empirismo. El Racionalismo defiende que la realidad solo puede conocerse a través de la Razón y que las ideas son algo que se dan a priori, son innatas y no proceden del mundo de los Sentidos. En cambio el Empirismo plantea que la única fuente de conocimiento es la experiencia sensible por medio de los Sentidos, no existen los conocimientos innatos y que las ideas se fundamentan en la experiencia de la percepción inmediata.

Un planteamiento interesante que podemos encontrar, acerca de estas dos tendencias, es el de Baltasar Gracián, escritor español del Siglo de Oro. Un planteamiento influenciado por Aristóteles a partir de la teoría de las virtudes éticas como término medio. En su obra El Criticón, de 1657, plantea un cruce y un diálogo entre la Razón y los Sentidos representados en sus dos figuras protagónicas, Critilo y Andrenio, quienes encarnan la reflexión y la voluntad, la parte reflexiva y la parte instintiva. Ambos personajes conforman al ser humano completo, el justo medio entre los dos extremos que se enfrentan desde sus valores particulares hacia posibilidades más integrales de existencia.

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Ensayos de conciliación desde el Idealismo Trascendental

Años más tarde, Immanuel Kant, filósofo alemán y uno de los pensadores más influyentes de la Europa moderna, plantea una superación de la dicotomía entre Razón y Sentidos. Propone en su Crítica de la razón pura, que sin sensibilidad nada nos sería dado y sin entendimiento nada sería pensado, afirmando que los pensamientos sin contenidos son vacíos y las intuiciones sin conceptos son ciegas (1781). 

El conocimiento humano, por tanto, se ordena mediante tres niveles. Primero  mediante las impresiones de cada sujeto, pues todo conocimiento comienza en los Sentidos. Luego pasa al entendimiento, en donde se organizan las impresiones. Y finalmente culmina en la Razón, donde unifica las impresiones con arreglos a las leyes que le son inherentes, las ordena y las relaciona con la realidad. Esta tendencia a buscar formas y conceptos sin una previa experiencia y presuponer su existencia independiente, es lo que llamamos Idealismo Trascendental. Pero este planteamiento, sin duda revolucionario, lleva a contradicciones inevitables. Un gran tema a profundizar.

Sin embargo, hubo una tendencia de la Razón por sobre los Sentidos. La Razón parece revolucionaria y atrae más que la experiencia. Será la influencia del siguiente siglo en la Revolución Francesa mediante la Diosa Razón, quien se hará cargo de crear la realidad mediante la sublevación contra la realidad. Una Razón que obliga a modificarla según la verdad de turno creando realidades que la Razón cree únicas. De este modo, se define que nada fuera del orden racional, como la inspiración del artista, puede ser más importante. Así, los Sentidos nuevamente siguen un camino de desplazamiento.

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El Romanticismo y la reivindicación de los Sentidos

Entrados al siglo XVIII la Razón sigue su curso, no obstante los Sentidos fueron recobrando preponderancia. Denis Diderot, pensador francés y padre de la Enciclopedia, comienza a entregar valor a la imaginación y a todo de lo que provenga de la inspiración afirmando que la imaginación es la memoria de formas y contenidos. 

La oposición entre Razón y Sentidos parece finalmente deshacerse en el periodo del Romanticismo, un movimiento cultural y artístico que se gesta en Alemania y Reino Unido a finales del siglo XVIII como reacción hacia el racionalismo que imperó en la Ilustración y el Neoclasicismo. Este periodo está marcado por la exaltación de la personalidad individual confiriendo mayor prioridad a los sentimientos por sobre la parte racional.

Durante este periodo, el sentir y la imaginación son lo primero y están ante todo para cualquier artista, tal como lo sugiere Samuel Taylor Coleridge, poeta y filósofo inglés, considerando la imaginación como el poder viviente y agente principal de toda percepción humana, una repetición en la mente finita del eterno acto de creación en el Yo Soy infinito. Así, toda definición pasa por la imaginación que nace desde un individualismo marcado, que se opone a las normas clásicas y cuyo único objetivo es sentir para vivir. Un invitación a vivir y reivindicar los Sentidos.

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Hasta ahora las vías de referencia que hemos explorado acerca de las visiones de Razón y Sentidos, no apelan mayormente a encontrar conciliaciones. Sus dicotomías se expresan de manifiesto. La Razón, que ha tenido un mayor protagonismo desde los inicios de la historia del pensamiento en Grecia, hasta finales de todo el proceso de la Revolución Francesa, a diferencia de los Sentidos, ha manifestado hasta ahora la predilección de una cultura que progresaba lentamente. 

No ha sido después del periodo del Romanticismo, hasta las próximas revoluciones que han traído los cambios de siglos, que los escenarios sociales comienzan a cambiar de una manera más radical. Hemos visto que durante mucho tiempo los Sentidos eran signo de debilidad y sospecha, pero de ahora en adelante, las consecuencias de un progreso acelerado que se inicia en la Revolución Industrial y continúa hasta hoy en la Revolución Digital, harán que cada vez más, el sujeto y su parte sensible y experiencial, cobren mayor importancia y recupere el protagonismo que perdió en sus orígenes.

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Una nueva visión por medio de la Fenomenología

Luego de todo el proceso de la Revolución Francesa que trajo consigo nuevas ideas y progresos, una nueva perspectiva que se desprende del trascendentalismo de Kant, es la que podemos encontrar a finales del siglo XIX en el pensamiento de Edmund Husserl, filósofo alemán, creador de la Fenomenología. Husserl propone un nuevo diálogo entre Razón y Sentidos, y sostiene que el orden racional del mundo nace de la experiencia intencional. Una especie de conciencia o Razón arrojada al mundo sujeta al mundo de los Sentidos.

La Fenomenología estudia el mundo respecto a la manifestación y llama a resolver problemas apelando a la experiencia intuitiva, evidente e intencional. Aquí los Sentidos cobran importancia desde un enfoque interpretativo y existencial, pero también brinda prioridad a la Razón porque en ella se captan las cosas a través de la conciencia. Se plantea así, que los objetos no se adaptan al sujeto, se manifiestan. 

Un ejemplo interesante para comprender mejor esta estructura de pensamiento, es el que encontramos en el Círculo Hermenéutico. Un proceso cíclico que intenta dar explicaciones a las manifestaciones por medio de la retroalimentación y el diálogo. Estas apreciaciones se expresan en Wilhelm Dilthey, filósofo alemán, quien manifiesta que estudiar las ciencias humanas supone la interacción de la experiencia personal, el entendimiento reflexivo de la experiencia y una expresión del espíritu. Asimismo en Martin Heidegger, filósofo alemán considerado como el pensador más importante del siglo XX, bien afirma, que existir es comprender. Un modo de ser en el mundo más directo y no mediado.

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Existencialismo y la visión humana 

La mirada de Heidegger invita a repasar los siguientes periodos del pensamiento en Occidente bajo una mirada atenta. La dualidad Razón-Sentidos, hasta aquí estudiada, sigue ciertos patrones de mayor conciencia para su entendimiento. Hemos visto que la Razón ha sido preponderante y símbolo de orgullo en muchos casos, al igual que los Sentidos, que tienden a reaccionar ante aquella fuerza, con otra fuerza aún más intensa.

Pensadores aún sostienen que en la proporción está el objetivo final, tal como sugiere Albert Camus que el equilibrio de evidencia y lirismo es lo único que nos permite acceder al mismo tiempo a la emoción y a la claridad (1942). Sin embargo, hacia el paso del siglo XX , la sospecha a la Razón ya comienza a provocar mayores ecos. Esto se comienza a manifestar en las siguientes ideas a lo largo de la historia, principalmente en intelectuales como Friedrich Nietzsche, pensador alemán, catalogado precisamente como el filósofo de la sospecha.

No podemos afirmar que a partir de aquí la Razón comience una especie de descenso, pero si adquiere otros planteamientos que se entrecruzan con la propia realidad del ser humano que existe y que se cuestiona a sí mismo. Nietzsche afirma en su libro Humano, demasiado Humano, que la unidad de la palabra no proporciona garantía para la unidad de la cosa, es decir que la verdad no se encuentra necesariamente en las ideas y que la materia se desenvuelve de manera independiente. Por eso manifiesta de continuo su escepticismo respecto a la correspondencia entre la verdad conocida, con la realidad; expresando que el error tiene como abogado permanente a nuestro lenguaje (1878). Nietzsche ve así en la Razón la causa principal de un proceso degenerativo sobre algunas ideas nocivas que han marcado a Occidente, como la idea de verdad, moral y religión. A cambio propone una vida impulsada por el instinto y el arte, una vida que surja desde una fuerza vital. 

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Los caminos de la aceptación y del equilibrio virtuoso de Oriente

Si trasladamos la mirada por un momento a Oriente, la discusión se vuelve menos compleja. Hace bastantes años, por no decir miles, la dualidad Razón-Sentidos ha sido mejor clarificada y hasta hoy no son temas apremiantes que abundan ni producen grandes cuestionamientos. Al parecer las cosas son como son y funcionan desde la lógica de la aceptación. 

Esto lo podemos apreciar en las enseñanzas de Confucio, pensador y la principal figura del pensamiento chino, cuyas antiguas enseñanzas siguen vigentes hasta el día de hoy, y en las cuales se recalca, que la cultura moderna pone demasiado énfasis en la creatividad, pero no en la sabiduría universal que viene de años de reflexión y trabajo duro; tema que desarrolla en las cinco constantes virtudes que todo ser humano debería cumplir.   

Por otro lado, es interesante rescatar la propuesta de conciliación entre la Razón y los Sentidos en las enseñanzas de Lao-Tse, uno de los filósofos más relevantes de la civilización china. Lao-Tse aborda el tema del orden y el equilibrio del universo de manera que todo fluye de manera cíclica, como el giro de la tierra, las estaciones del año y cualquier flujo de cambio que se produce, tanto en la cultura, como en el ser humano. Todo es parte de un ciclo vital, un proceso o un camino denominado Tao y trasciende más allá de todas las diferencias entre objetividad y subjetividad. Esta trascendencia de flujo constante, implica complementar fuerzas fundamentales opuestas, como la Razón y los Sentidos.

Un ejemplo gráfico es el llamado Taijitu, símbolo circular del Tao que representa las dos fuerzas constituidas por el Yin y el Yang. Ambas fuerzas contienen en su interior un pequeño círculo, que sugiere que nada existe en estado puro y encierra el germen de su contrario, representando con esto la patente dualidad de todo lo que rige en el universo. Según esta cosmovisión podríamos sugerir el Yin como fuerzas que absorben y reciben el conocimiento, lo real, como son los Sentidos y el Yang como entrega, idea y posibilidad, lo inmaterial, como es la Razón.

Sin embargo, como mencionamos, las tradiciones de Oriente comparten elementos en común. Tanto las enseñanzas de Confucio y Lao Tse, sirven como parámetros de conducta y no buscan replantear puntos de vista, ya que las luchas entre fuerzas opositoras existen dentro de una realidad que rige desde el origen del universo y se debe aceptar. El llamado es a nutrir las virtudes y a cambiar hábitos negativos en pos de un desarrollo colectivo de moralidad y obediencia, y así de paso, construir interiormente una integridad personal que contribuya a la sociedad. Ser como una flor, como sugiere Lao Tse, carente de voluntad e intenciones. Un correctivo a los irreflexivos e impulsivos excesos que puede arrojar una Razón acentuada y unos Sentidos desbocados.

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Postmodernidad, Deconstrucción y la ruptura de los binarios

Volviendo al pensamiento de Occidente, se ha postulado que la Razón vendrá poco a poco en descenso en contraposición con los Sentidos que irán adquiriendo un mayor estatus. A comienzos del siglo XX, todo aquello que se autoproclama como una sola idea de verdad, establecida e inmutable, será signo de sospecha y será la vía de entrada hacia nuevos planteamientos y posibilidades. A partir de aquí, las sensibilidades contingentes que surjan de la experiencia y que invitan a otras nuevas experiencias que surjan de la inspiración e interpretación personal, serán las que aporten un mayor sentido.

Un fenómeno ejemplificador se desprende de las protestas de Mayo del 68, en Francia. Como estandarte principal, “La imaginación al poder”, se deja entrever el enfoque intencional de situar en primer lugar a los Sentidos. Con esta intención se infiere que el mundo está abierto a la multiplicidad de ideas, un mundo entero por rehacer y reconstruir. 

Esta noción de multiplicidad de ideas es reforzada con la aparición de la filosofía postmoderna, cuyas orientaciones críticas hacia las ideas y tendencias totalizadoras, manifiestan las extensas posibilidades que puede alcanzar el mundo. Un exponente que tuvo una gran influencia en Mayo del 68 y que sigue la senda de las corrientes postmodernas, es Herbert Marcuse, filósofo y sociólogo alemán-estadounidense, figura clave de la Escuela de Frankfurt, quien en su obra El Hombre Unidimensional, de 1964, critica la opresión continua por parte de la sociedad de consumo hacia el hombre, víctima de su propia impotencia producto de una Razón alienada por el Capitalismo. Marcuse plantea reorientar el rumbo e invita a imaginar una cultura verdaderamente libre y emancipada por medio del arte y el diálogo estético. Una invitación marcada por los Sentidos

Todo este nuevo enfoque, que se produce a partir de la década de 1960, hace una fuerte crítica hacia la racionalidad propia de la modernidad e intenta romper su primacía mediante sus propias interpretaciones de realidad. Aquí la Razón se vuelve más platónica e intenta dilucidar una realidad a partir de una idea de perfección, distante de las visiones dicotómicas que han marcado a la sociedad hasta este entonces. 

Un representante de esta visión es Jacques Derrida, filósofo francés conocido por plantear el concepto de Deconstrucción. Derrida cuestiona y desmantela toda supremacía de la Razón o una excesiva lealtad frente a cualquier idea y proyecta las posibilidades de verdad hacia todo aquello que provenga de las antítesis y de los ámbitos contrarios. El pensar, desde esta visión, se formará siempre en relación con un “algo” o un “otro” y estará interconectado a través del tiempo deconstruyéndose con sus múltiples significados.

Asimismo, frente al paradigma de la multiplicidad y a los últimos veredictos que impone la Razón, Jean-François Lyotard, teórico francés, y del cual surge el concepto de Postmodernidad, plantea formas “inestables” de la racionalidad y Gianni Vattimo, filósofo italiano, propone formas “débiles”. Haciendo así eco, a que el mundo no es uno y no está conformado por opuestos, sino que hay varios y todos los binarios se funden y caben en él.  

De esta manera se enfatiza la desconfianza hacia los extremos, todo lo verdadero y falso, sociedad e individuo, presencia y ausencia, hombre y mujer; todo binario resulta incómodo y a cambio se proponen distancias, matices y deconstrucción. Los convencionalismos acerca de la Razón y los Sentidos, espíritu y materia, se difuminan del pensamiento tradicional y sostienen un crudo relativismo basado en la inconmensurabilidad de las ideas.

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La vida actual no invita a pensar

Hoy estamos insertos en una cultura de cambios, no cabe duda. La entrada al siglo XXI trajo consigo revoluciones en el ámbito digital que han cambiado todos los escenarios posibles. La historia del pensamiento no es la excepción. Comandado por la tecnología, hoy toda esta cultura digital se visita desde la óptica de la experiencia que atrapa y estimula aún más nuestros Sentidos. Queda clara la bifurcación entonces con el desgastado camino de la Razón.

Peter Sloterdijk, filósofo contemporáneo alemán, corrobora esta bifurcación y expresa que la vida actual no invita a pensar. Tal como expresa en su libro ¿Qué sucedió en el siglo XX?, se ha perdido la fuerza de mirar fijamente al sol y a la muerte y hoy todo implica un afán ligero y antigravitatorio. Una escapada de lo real y lo pesado (2018). Este estado de ánimo, que desplaza a la Razón concuerda con cierto olvido del ser. Un fin de la metafísica tal como la entendemos. Hoy el peso necesario para desarrollar la racionalidad es reemplazado por experiencias de conocimiento breves y ligeras, estableciendo así una falsa conciencia ilustrada, un cinismo que se transforma en el afecto de la actual sociedad capitalista.

Este devenir comandado por los Sentidos y la sensación de ligereza se ve alimentado por la constante sobreestimulación y el exceso de información con el que nos relacionamos a diario. El exceso de Sentidos lleva consigo el exceso de subjetivización, lo que arrastra que inevitablemente nuestras relaciones con el mundo cambien. Tal como lo plantea Byung-Chul Han, filósofo surcoreano, en su obra La expulsión de lo distinto, de 2017, sobre la hipercomunicación y la sobreproducción de los tiempos actuales, cuyo exceso hará que finalmente el algoritmo construya las realidades y que reine el imperio de lo igual; desechando así, todo lo que sea diferente. Un proceso autodestructivo con finales inciertos para la Razón como elemento disruptivo. 

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Conclusiones

Luego de revisar algunas breves generalidades sobre la historia de la Razón y de los Sentidos se esclarece mejor el contexto. El recorrido es extenso. Una vida no alcanza para intentar dilucidar una trama que desde los tiempos de Platón y Aristóteles no ha podido ser conciliada. Siglos de pensamiento resumidos en ligeros párrafos que perecerán cualquier lunes según convenga, no es una misión fácil. Pero desde aquí, las preguntas surgen.

Hemos sido testigos de que los tiempos de la Razón han sido desplazados. Tal como lo sugiere una variedad de pensadores contemporáneos de distintas posiciones. El presente, tal como se muestra, es hoy el mañana que ayer teníamos en mente, y en este ir y venir de los tiempos en su acelerado despertar, los Sentidos se han ido posicionando hoy en lugares insospechados. 

Hoy las grandes preguntas de Redes Sociales formulan, ¿cómo te sientes?, ¿qué está pasando? y respondemos ante sí con preguntas similares, ¿qué hay de nuevo para ver?, ¿qué se ofrece distinto para sentir? Hoy los cuestionamientos llevan implícita la ansia de experiencia y nada se realiza si no se ponen en escena los Sentidos como protagonistas. 

Los Sentidos ocupan hoy todo los contextos y la vida no invita a pensar, y con esto no se critica la falta de Razón de la manera grandilocuente que se tiene como ideal, se cuestiona la incapacidad de gestionar las conciencias e ir por las preguntas básicas acerca de la realidad. Pensar radica en cuestionar lo sencillo y un buen comienzo es siempre por lo básico, planteando la mera existencia e incurrir en análisis personales sobre usos y cualidades. Ser consciente, que no se trata de elecciones. La discusión no entra en establecer qué es mejor, o Razón o Sentidos, el debate se trata de la relación, de un equilibrio básico.    

El planteamiento de esta revisión es, precisamente, comenzar desde lo básico. Comenzar a plantear preguntas a partir de hechos históricos y lineamientos concretos de realidad y explorar caminos que sirvan de referencia para dilucidar las propuestas conciliatorias que se han hecho a lo largo de la historia de las ideas, para luego sostener la relación entre Razón y Sentidos y la importancia de aquello.

Hoy el valor no puede sectorizarse. La Razón no puede convivir sola, necesita de los Sentidos para formar nuevas experiencias y llegar a otros entendimientos. Y los Sentidos tampoco pueden trabajar solos, necesitan de coordenadas de entendimiento para delimitar los excesos. Ambos trabajan mutuamente y el valor está en que ninguna debiera prevalecer sobre la otra. Reconocer en ambas las virtudes y establecer la importancia de sus conexiones para obtener otras conexiones que arrojen singularidades, sincronías y paradojas y deleitarse en aquello, es obtener la experiencia total. Así nace el pensamiento, así nace la creatividad total.

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