Razón y Sentidos

La eterna paradoja de una civilización cualquiera

La eterna paradoja de una civilización pasajera

(I)

Somos Razón, somos Sentidos. La premisa de este proyecto ante una eterna lucha tan antigua como mis expectativas, pero veamos, qué sabemos de esto. Somos seres pensantes, pero también seres que sienten, una constante oposición entre el cuerpo y el alma, las cosas y el espíritu, entre pensamiento y sensación. Al parecer el mundo y todo lo que lo conforma, se divide en dos. Qué novedad. 

A muy grandes rasgos, está la gente que piensa y la gente que siente (luego de este alcance tan elaborado podemos concluir este informe). Nada más alejado de la realidad. Sabemos que las descripciones mediante simplismos no funcionan, pero aunque pretendamos esclarecer mejor el contexto, no debemos obviar que la historia de la humanidad siempre se ha debatido entre dos esferas. Paradojas, qué novedad.

Podemos establecer mejor estas diferencias, aún a grandes rasgos, entre la gente que prioriza el pensamiento y la gente que prioriza las emociones. Separaciones que se logran casi al instante para quienes buscan reconocimiento, pues nadie en un principio aceptará sentirse identificado con las segundas, es casi inevitable querer pertenecer al bando de quienes razonan o que mantienen cierta distancia, al menos, con las emociones. Esta especie de superioridad que se alza con razones justificadas mediante hechos, frente a sensibilidades mayores o esta oposición constante de argumentos concretos que se paralizan ante la falta de un relato capaz de conectar con la esencia humana, sigue estando tan presente en la actualidad como en los tiempos de Sócrates. 

Esta eterna discusión entre objeto y sujeto, razón y sentimiento, racionalidad e imaginación, conlleva cuestionamientos que no han sido estériles en ningún caso. La búsqueda de acuerdos para conciliar ambas partes en un pensamiento común tiene representantes, pero ciertamente el debate se mantiene en esferas de incomprensión que requieren un mayor esfuerzo; y por más que se acepte la coexistencia entre una y otra, siempre prevalecerán las tendencias. Nada fácil en estos tiempos de inclinaciones fáciles. ¿Será que las tendencias lideran las tendencias?

Hoy estamos en una fase distinta. No podemos asegurar que exista un propósito de búsqueda de conciliación ni menos de cuestionamiento entre Razón y Sentidos. El equilibrio como objetivo ha dejado de ser un tema trascendental, a no ser que siga ciertos patrones de modas culturales que inviten a ser parte de nuevas tendencias. Además, cuando gran parte de la realidad contemporánea está inserta en una cultura visual y digital que fomenta las emociones como valor de cambio, los cuestionamientos surgen. Pero eso será otro tema. Mientras tanto se intentará encontrar caminos que sirvan de referencias para esta conciliación opositora. Comencemos.

Los orígenes de la búsqueda y el nacimiento de los simbolismos

En los orígenes de las sociedades primitivas no podemos asegurar que la Razón estuviera por delante de los Sentidos. Un primer acercamiento a este planteamiento deriva de la necesidad de la persona de adaptarse al medio en que habita. Debido a su indefensión, lo primero que tiene a su alcance son sus Sentidos, por lo que sus estímulos de supervivencia van creando nuevos mundos que resulten más protectores y accesibles.

La primera manera de crear estos mundos de protección es a través de la imagen. Según Regis Debray, filósofo francés, en su libro Vida y muerte de la imagen, el nacimiento de la imagen está unido desde al principio a la muerte que surge desde la tumba como rechazo hacia la nada para prolongar la vida (2002). El individuo primitivo expuesto a la muerte y sin explicación aparente comienza a hacer uso de su imaginación y produce sus primeras “obras artísticas” como necesidad de defenderse de lo desconocido.

Así nace la mirada mágica y simbólica, fruto de la perplejidad para alcanzar un escenario menos temible. Esta representación de la realidad que sustituye a la realidad, sería una especie de antídoto contra la debilidad y la incertidumbre. Pero no sería todo.

Con el pasar del tiempo, esta representación se va complejizando y esta mirada sagrada y mágica evoluciona hacia una visión más elaborada que lleva al hombre a mirar lo bello y así de a poco, nace la mirada estética.

La sospecha de los Sentidos en la Grecia Antigua

Con el nacimiento de la concepción estética y el perfeccionamiento de la captura de la realidad a través de los Sentidos, también va naciendo la parte racional. Aquí nacen los cuestionamientos acerca de la vida y la filosofía evolucionará de tal forma en Grecia que pronto será el germen de todo el pensamiento occidental.

El predominio de la Razón por sobre los Sentidos llega a tener una gran relevancia, tal como lo expresa Rudolf Arnheim, teórico alemán, en su obra El pensamiento visual, quien detalla que a partir de ahora los Sentidos se irán relegando y culpa a las corrientes racionalistas e idealistas de menoscabar su importancia. El primero de todos en comenzar este descrédito fue Platón, quien miraba las prácticas creativas de manera inferior. Afirma que hay que tratar al arte con precaución, porque puede intensificar la dependencia con una existencia ilusoria. Así el arte, como disciplina carece de verdad porque se basa en la percepción y los Sentidos no incluyen al pensamiento.

Los griegos desconfiaban de los Sentidos y nunca olvidaron que la Razón directa es la fuente primera y última de la sabiduría (Arnheim, 1969). Esta desconfianza también se manifiesta en Parménides, quien expresa que “La experiencia sensorial es engañosa, la Razón tiene que corregir los Sentidos”.

En cambio Aristóteles tendrá una visión distinta, pues le entrega a la experiencia una importancia trascendente. Es quien sentencia que “El alma jamás piensa sin una imagen”. De esta manera, no desecha la Razón, pero no desconfía de los Sentidos, aportando que para alcanzar el conocimiento, lo más importante es la materia. Se le atribuye la necesidad de investigación empírica como piedra angular del conocimiento, la experiencia como motor del conocimiento que luego es procesada por la Razón. Esto se plasma en la creación del concepto de Inducción, cuyo proceso se basa en el conocimiento obtenido a partir de la recopilación de datos individuales para llegar a una conclusión general.

Del pensamiento de Aristóteles se rescata la búsqueda de conciliación entre opuestos, teniendo como objetivo final encontrar el término medio según sostiene en su teoría de las virtudes. Hay que inclinarse unas veces al exceso y otras al defecto. 

La negación del mundo sensible durante la Edad Media

Gran parte del pensamiento de Aristóteles estuvo oculto y desterrado en los grandes monasterios y olvidos durante la Edad Media. Aquí Platón toma el liderazgo. Gracias a su concepción sobre la inferioridad de los Sentidos niega todo valor al mundo sensible y ve en el mundo inteligible, el de la Razón, el único portavoz de la verdad.

Este periodo dominado por el concepto universal de Dios como idea principal de única verdad, encuentra en el pensamiento de Platón justificaciones perfectas para la transmisión del mensaje teocrático, una mirada universal, perfecta e inmutable, pero de control. Un camino en donde el cuerpo, los estímulos fáciles y nada que esté dominado por los Sentidos es signo de aprobación, pues se aventura al desencuentro con el creador y arriesga los sufrimientos eternos que dicta. 

Por lo tanto, toda actividad relacionada con el arte proveniente de los Sentidos, estaba reservada exclusivamente para Dios, quien era el único creador. Al ser humano solo se le permite fabricar. Lo imaginario se excluye de la vida y la Razón como idea de perfección teocrática era lo único válido. 

El Siglo de la Razón

Con el Renacimiento y el Humanismo, y posteriormente a su aparición surge el despertar del pensamiento occidental. El siglo XVII llamado Siglo de la Razón da cuenta del momento de importancia en las nuevas visiones del mundo. El pensamiento alcanza niveles de desarrollo y se comienza a establecer mayores esclarecimientos acerca de sus diferentes perspectivas. 

Dejando atrás la concepción teocentrista, a partir de 1637 con la publicación del Discurso del Método de René Descartes, filósofo francés, considerado el padre de la filosofía moderna, se reemplaza la idea de Dios como verdad y el hombre, en tanto sujeto, subyace a todo lo que existe. Aquí nace el pensamiento moderno y el célebre Cogito ergo sum, “Pienso, luego existo”. A partir de aquí se establece mayor conciencia sobre la dualidad Razón-Sentidos y será el debate que definirá el pensamiento de los próximos siglos. Una discusión que se mantiene hasta el día de hoy.

La Razón y los Sentidos como protagonistas se plasman en las primeras corrientes de pensamiento, Racionalismo y Empirismo. El Racionalismo defiende que la realidad solo puede conocerse a través de la Razón y que las ideas son algo que se dan a priori, son innatas y no proceden del mundo de los Sentidos. En cambio el Empirismo plantea que la única fuente de conocimiento es la experiencia sensible por medio de los Sentidos, no existen los conocimientos innatos y que las ideas se fundamentan en la experiencia de la percepción inmediata.

Un planteamiento interesante que podemos encontrar, acerca de estas dos tendencias, es el de Baltasar Gracián, escritor español del Siglo de Oro. Un planteamiento influenciado por Aristóteles a partir de la teoría de las virtudes éticas como término medio. En su obra El Criticón, de 1657, plantea un cruce y un diálogo entre la Razón y los Sentidos representados en sus dos figuras protagónicas, Critilo y Andrenio, quienes encarnan la reflexión y la voluntad, la parte reflexiva y la parte instintiva. Ambos personajes conforman al ser humano completo, el justo medio entre los dos extremos que se enfrentan desde sus valores particulares hacia posibilidades más integrales de existencia.

Ensayos de conciliación desde el Idealismo Trascendental

Años más tarde, Immanuel Kant, filósofo alemán y uno de los pensadores más influyentes de la Europa moderna, plantea una superación de la dicotomía entre Razón y Sentidos. Propone en su Crítica de la razón pura, que sin sensibilidad nada nos sería dado y sin entendimiento nada sería pensado, afirmando que los pensamientos sin contenidos son vacíos y las intuiciones sin conceptos son ciegas (1781). 

El conocimiento humano, por tanto, se ordena mediante tres niveles. Primero  mediante las impresiones de cada sujeto, pues todo conocimiento comienza en los Sentidos. Luego pasa al entendimiento, en donde se organizan las impresiones. Y finalmente culmina en la Razón, donde unifica las impresiones con arreglos a las leyes que le son inherentes, las ordena y las relaciona con la realidad. Esta tendencia a buscar formas y conceptos sin una previa experiencia y presuponer su existencia independiente, es lo que llamamos Idealismo Trascendental. Pero este planteamiento, sin duda revolucionario, lleva a contradicciones inevitables. Un gran tema a profundizar.

Sin embargo, hubo una tendencia de la Razón por sobre los Sentidos. La Razón parece revolucionaria y atrae más que la experiencia. Será la influencia del siguiente siglo en la Revolución Francesa mediante la Diosa Razón, quien se hará cargo de crear la realidad mediante la sublevación contra la realidad. Una Razón que obliga a modificarla según la verdad de turno creando realidades que la Razón cree únicas. De este modo, se define que nada fuera del orden racional, como la inspiración del artista, puede ser más importante. Así, los Sentidos nuevamente siguen un camino de desplazamiento.

El Romanticismo y la reivindicación de los Sentidos

Entrados al siglo XVIII la Razón sigue su curso, no obstante los Sentidos fueron recobrando preponderancia. Denis Diderot, pensador francés y padre de la Enciclopedia, comienza a entregar valor a la imaginación y a todo de lo que provenga de la inspiración afirmando que la imaginación es la memoria de formas y contenidos. 

La oposición entre Razón y Sentidos parece finalmente deshacerse en el periodo del Romanticismo, un movimiento cultural y artístico que se gesta en Alemania y Reino Unido a finales del siglo XVIII como reacción hacia el racionalismo que imperó en la Ilustración y el Neoclasicismo. Este periodo está marcado por la exaltación de la personalidad individual confiriendo mayor prioridad a los sentimientos por sobre la parte racional.

Durante este periodo, el sentir y la imaginación son lo primero y están ante todo para cualquier artista, tal como lo sugiere Samuel Taylor Coleridge, poeta y filósofo inglés, considerando la imaginación como el poder viviente y agente principal de toda percepción humana, una repetición en la mente finita del eterno acto de creación en el Yo Soy infinito. Así, toda definición pasa por la imaginación que nace desde un individualismo marcado, que se opone a las normas clásicas y cuyo único objetivo es sentir para vivir. Un invitación a vivir y reivindicar los Sentidos.